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Jefes perversos

Hola otra vez, ¿recuerdan que hace unas semanas hable de las organizaciones tóxicas? Pues hoy quiero retomar el tema haciendo énfasis en los jefes tiranos que toman decisiones distorsionadas y desgastan los ambientes laborales. Si no es tu caso, estoy seguro que lo podrás identificar con alguna persona cercana.

Para entrar en cuestión es necesario mencionar que todo abuso entre dos personas supone una relación de poder dialéctica entre dominador y dominado, entre víctima y victimario. Producto de una distorsionada interpretación de lo que implica ser jef@, algunas personas que tiene un poco de poder aunque sea mínimo, abusan de este lugar con actitudes prepotentes, evaluando subjetivamente, maltratando, humillando, agrediendo, amenazando, castigando, hostigando, actuando de forma ambigua confundiendo a su equipo de trabajo, desvalorizándolos y desmotivándolos en todo momento sin reconocer sus logros o méritos generando asi ambientes de trabajo tóxicos.
 
Por lo general, estas actitudes son el reflejo de la inseguridad y la falta de preparación para puestos directivos aunado a tres componentes muy peligrosos cuya combinación es fatal: la ambición de poder, la falta de reconocimiento y la perversidad con que actúan.  Por lo general, transportan sus problemas cotidianos y frustraciones hacia sus empleados y están convencidos de que ejerciendo su poder se ganaran el lugar, reconocimiento y seguridad que tanto anhelan. ¡Gran error!
 
Según Robert Bacal, una organización tóxica es como una familia disfuncional y tiene dos características principales: una historia de pobre desempeño y pobre toma de decisiones y muy altos niveles de insatisfacción y estrés. Además de que imperan en ellas la cultura de miedo; falta o inadecuada comunicación; contexto de mucho conflicto; inhabilidad para cumplir con metas; disparidad entre la misión y las funciones reales; mobbing, chismes, rumores, comportamiento irrespetuoso; problemas de salud y accidentes, renuncias, rotación de personal y pérdida de personal talentoso; sentimientos de indiferencia, vulnerabilidad y baja productividad.
 
Este tipo de personas suelen tener rasgos narcisistas muy bien definidos, por ejemplo:

 

  1. Tienen un sentido grandioso de su propia importancia (delirio de grandeza)

  2. Tienen fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez o belleza

  3. Se consideran especiales o únicos y sólo pueden ser comprendidos o sólo deberían asociarse con otras personas especiales o de alto estatus personal o institucional. Es decir, solo tratan con gente de su “nivel”

  4. Requieren excesiva admiración (es un síntoma que denota una baja autoestima y una gran preocupación por hacer bien el trabajo y por cómo son vistos por los demás)

  5. Tienen un gran sentido de sus propios derechos. Piensan que se le debe todo y que pueden decidir sobre todo, el tiempo de sus empleados principalmente

  6. Tienen un sentido de “categoría” con irrazonables expectativas de un trato especialmente favorable o de una aceptación automática de sus deseos

  7. En sus relaciones interpersonales son explotadores. Se aprovecha de los demás para conseguir sus propios fines (esperan que se les dé todo lo que deseen, sin importar lo que ello suponga para los demás, y pueden asumir que los demás están totalmente interesados en su bienestar)

  8. Carecen de empatía y por lo tanto no pueden reconocer o identificar las necesidades y sentimientos de los demás

  9. Frecuentemente son envidiosos de los demás o creen que los demás les tienen envidia (pueden llegar a devaluar a personas que hayan recibido una felicitación, logro o reconocimiento al pensar que ellos son más merecedores de la misma)

  10. Muestra actitudes y comportamientos arrogantes y altivos o prepotentes

Esto sólo está generando seres depresivos y fracasados ante el insoportable anhelo de perfección, de realización, de trascendencia, de ser reconocidos y respetados. Solamente piensen rápidamente en algo:

¿cuántas personas conocen que estén muy satisfechas o muy felices con su trabajo?

Casi nadie, y eso es tristísimo. La mentalidad del “todo es posible”, las relaciones de poder que desdibujan los límites, la falta de reconocimiento por las labores realizadas y el respeto a las personas son las cosas que deberíamos de tratar de cambiar en las empresas. Organizaciones centradas en las personas  y no en incentivos perversos de unos cuantos. Pon límites en todo momento, sí, aunque sea tu jefe…

 
Recuerden que ninguna posición jerárquica, ningún sueldo, ningún coche, ninguna casa, nada material vale la pena si se está comprometiendo tu salud física y emocional. Repito, ¡Nada vale la pena! Se los prometo.
 
Tener buena actitud siempre hará la diferencia. No dejes que un mal momento se convierta en un mal día. Y si está muy difícil la situación, tal vez es momento de hacer un cambio y puede estar, a la vuelta de la esquina.

 

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