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La Vejez desde la perspectiva de Género

August 7, 2018

                                                    La Vejez desde la perspectiva de Género

 

 

    La vejez es un tema conflictivo, no sólo para el que la vive en sí mismo, sino también para quienes que sin ser viejos se vinculan con ellos como profesionales, familiares, vecinos o simplemente con ciudadanos al compartir la vida cotidiana.  A nivel social, se definen desde prejuicios negativos los elementos conformadores de la identidad de esta edad, es decir, aquellos por los cuales se consideran a una persona como miembro de la tercera edad. Por ejemplo “Se es viejo porque ya te queda menos”, “enfermo”, “incapaz”, “retirado” , “asexuado”, entre otros. 

 

Desde el punto de vista cronológico -biológico,  se considera de forma aribitraria, que este período vital comienza alrededor de los  65 años y que trae consigo una serie de  cambios físicos que van sucediendo gradualmente. Por otra parte, desde los aspectos  psico-afectivo y social, en los cuales nos vamos a centrar para adentrarnos en lo  concerniente a las cuestiones de género,  tanto la  afectividad, la personalidad y  las funciones cognitivas (manera de pensar y capacidades) se ven afectados por acontecimientos de relevancia social  como la jubilación, la muerte del cónyuge, entre otras, que determinarán ciertos aspectos importantes del envejecimiento. 

 

    Al hablar de las relaciones de género en la vejez, se hace referencia entonces a como los modos dicotómicos de pensar, ser y sentir que se imponen para cada sexo, que además se jerarquizan, también atraviesan y producen inequidad entre varones y mujeres de esta etapa. A continuación, se tomará  como eje la institución del matrimonio que, tradicionalmente consistió en la unión económica y sexual del varón y la mujer sin buscar asegurar  la felicidad individual y la fijación de  roles sociales, en el caso de la mujer, ubicandola  dentro del ámbito privado de la vida cotidiana, como ama de casa y madre, y al varón en el ámbito público del mundo laboral como proveedor económico del hogar.

 

Para muchas adultas mayores el hogar es un espacio identitario, sede de la responsabilidad doméstica donde ellas tienen (y han tenido probablemente durante toda su vida)  una tarea permanente. Tan inserto está lo doméstico en la identidad de las mujeres, que se puede evidenciar  en sindromes tales como el llamado “nido vacío”, en el que la depresión de muchas mujeres tiene su causa en el abandono de sus hijos del hogar, ya que las actividades que se realizaban en ese marco espacial ya no se harán más. Otro ejemplo, se puede observar en el  caso de que no puedan continuar realizando dichas labores por limitaciones físicas, las delegan a otra mujer, contratandola para la realización de las mismas.

 

Por otra parte, la mayoría de las mujeres adultas mayores al continuar percibiendo el matrimonio  como mandato social y como proyecto fundamental de vida que otorga dignidad, conlleva que presenten  como condición para tener relaciones sexuales, encontrarse en una pareja estable o estar  casada, rechazando al sexo esporádico. Asimismo puede relacionarse a que, tradicionalmente, las mujeres compensaban la entrada económica, además del trabajo doméstico, através de la sexualidad con el marido, siendo esta impuesta simbólicamente e interiorizada por ellas como un deber u obligación.

 

En  nuestra cultura se connota negativamente las relaciones sexuales que puedan tener una mujer soltera, viuda, separada o divorciada  fuera de una pareja estable, sin embargo la soltería y las relaciones esporádicas son  valoradas de forma diferente en el género masculino, generando mayor aceptación y por lo tanto, posibilidades de concretarlas.

 

   Generalmente en los ancianos varones se observa cierta flexibilidad de lo establecido como rol masculino, en comparación con las etapas anteriores de la vida, se vinculan más con lo que ocurre en el interior del hogar aunque lo perciben como “ayudar” a la mujer en las tareas  domésticas, como por ejemplo, haciendo los mandados. Ya no se incluyen en el rol tradicional de proveedor de la familia, este hecho está relacionado con el estatus económico a que se enfrentan en esta etapa de la vida tras su jubilación donde sus pensiones son inferiores a los salarios que recibían cuando formaban parte del mundo laboral.

 

     En algunos casos, se detectan casos de violencia de género en la tercera edad, mayormente, de índole emocional, sexual y económica, mediante la descalificación constante (“no servís para nada”, “sos una porquería”), abusos sexuales y la apropiación de la jubilación, entre otros. Como nuestra sociedad suele invisibilizar a los adultos mayores, pareciera que esa problemática no ocurre en la vejez, por esto, algunas violencias , como la sexual, suelen ser muy difíciles de poner en palabras por las víctimas debido a los tabúes que ya hay de por sí respecto a la sexualidad en la vejez o la creencia en que no puede haber violencia física por las representaciones sociales de este ciclo vital asociadas al deterioro y la incapacidad, sin embargo, se comprueba que la violencia de género afecta a mujeres de todas las edades.

 

     Se concluye que, si bien llegar a la vejez implica traer consigo una enorme experiencia de dominio dentro de  un rol de género que se ha ido especializando con el tiempo, resulta díficil modificar pautas de comportamiento  pero siempre es posible hacerlo en la búsqueda de la satisfacción personal de quien así lo decide. El género, al tratarse de una construcción social puede deconstruirse, a través de la estrategia de hacer consciente la socialización de género. Lo importante es la posibilidad de que la persona pueda reflexionar sobre sí y desarrollar  una propia noción de persona, de sentir y de vivir,  más allá de lo que se exija socialmente.

Como se ha desarrollado anteriormente, la percepción social de la vejez está marcada por un conjunto de mitos y prejuicios, aprendidos por los procesos de socialización, que conllevan a considerarla como una etapa  de decadencia. La invitación a los adultos mayores para  movilizar los recursos personales en pos de recuperar la autonomía, posibilitará también, dejar atrás la invisibilidad que al día de hoy los configura. 

 

 

 

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