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La insoportable veleidad del selfie.

January 1, 2020

La insoportable veleidad del selfie.

Art by Giulia Rosa 

 

 

El avance en la tecnología de información y comunicación ha provocado una evolución de la conciencia humana enfocando cada vez más las aspiraciones humanas a lo tangible, a lo material, a la belleza exterior con un impacto sensual como valor prevalente en la interacción de las personas, de tal manera que nos vamos moviendo e instalando paulatinamente en la superficie de nuestra piel y vamos permitiendo que la información en torrentes de breves mensajes electrónicos genere una cultura personal endeble de autodesconocimiento, porque dejamos a un lado el esfuerzo por interiorizar, la intención de trascender y nos vamos prendiendo de valores ajenos a una convicción personal.

 

Este proceso nos lleva a construirnos en arenas movedizas sobre las que edificamos personalidades de moda, de tecnología, en tableros aspiracionales llenos de informaciones desvinculadas y aspiraciones vanas cuya satisfacción se ve satisfecha en primer término por el ansia de encajar en grupos sin cohesión afectiva y llenos de competencia por lucir mejor, con apetito insaciable por hacer la mejor publicidad personal que se satisface en la acumulación de aprobaciones sin sustancia, respuestas cerradas a impactos fotográficos o a breves comentarios virales de promoción de criterios parciales, la mayoría de las veces orientados por la desinformación y el impulso visceral de la ira o el miedo hacia situaciones externas fuera inclusive de nuestro contexto inmediato de vida.

 

Confundimos cada vez más la autoafirmación y la autoestima con esta aprobación por encuesta que sólo puede calificar lo que aparentamos, lo que la vista nos permite ver y lo que aprendemos a convertir en aspiraciones comunes, normalmente basadas en el estatus, la posición económica, la acumulación de objetos de deslumbrante apariencia y pletóricos de despliegues tecnológicos de última generación, de sentimientos vacíos de contenido y compromiso que estimulan las relaciones basadas en la forma y no en el fondo.

 

Infortunadamente la plétora de información aunada al pragmatismo superficial que asumimos por la velocidad en que ocurren los eventos y a la necesidad de mantenerse en el tren de la evolución social basada en nuevas necesidades de supervivencia, impositivas de requerimientos económicos que se debaten entre la necesidad de casa, comida y vestido y la satisfacción de aspiraciones creadas por la mezcla perversa del pensamiento mágico y la publicidad orientada a mantener el flujo económico entre el consumo, la productividad en una progresión decreciente y la acumulación desproporcionada de riqueza, provoca irremediablemente un proceso de depauperación y sometimiento de las masas que desemboca en violencia cada vez más difícil de contener, proveniente en mi opinión, de la confusión de los valores, el incremento de la individualización de las personas, el consecuente debilitamiento de los vínculos afectivos comprometidos y la sobrevaloración de los medios tecnológicos materiales convertidos cada vez con más fuerza, en objetivos de poder y prevalencia.

 

Este escenario debilita la conciencia y en la medida que el tener se vuelve más importante que el hacer para fortalecer las comunidades humanas, la búsqueda de identidad de los individuos se aleja de la espiritualidad y se desencadenan movimientos de defensa parciales de condiciones aparentemente buenas, pero insisto son tan focalizadas y parciales que no se orientan al fortalecimiento social de la comunidad humana, porque acaban sirviendo propósitos limitados, como es el caso de la defensa a ultranza de la naturaleza, de la defensa de los animales por encima de los hombres, la defensa parcial de la ecología derrumbando estructuras productivas que acaban dejando desvalidos a quienes participaban en ellas y que encontraban allí un medio de obtención de recursos económicos no sólo para la supervivencia sino cada vez más, de la satisfacción aspiracional de participación ignorante de los medios materiales tecnológicos, vestidos ahora de moda deslumbrante y sustituyente de valores humanos, creando vacíos crecientes en el espíritu de las personas que como mencioné anteriormente buscan la autoafirmación ya no en su crecimiento interior, sino en la aprobación inmediata de la imagen, de los vínculos sociales aparentes, de la filiación a criterios de defensa de causas parciales nutridos por la falta de criterio y  la ostentación de condiciones sociales y económicas inalcanzables para las mayorías, que justifican su validez en un esfuerzo que por diferencias económicas fundamentales se hacen cada vez más grandes pues el entrenamiento para participar en las estructuras se vuelve tan cínicamente diferenciado que el aparentemente libre acceso a la educación, crea nuevas castas y jerarquizaciones sociales que sólo abren el apetito por el reconocimiento a través de la imagen que aparentemente encontrará su saciedad a través de la difusión de lo que se considera como el único valor personal que es la imagen propia en fotografías que por si solas no deberían romper con la privacidad de lo que somos, que no deberían faltar al pudor como concepto de intimidad, pero sin embargo los individuos cada vez más exponemos nuestra imagen a la evaluación general, que por general es ignorante e irresponsable en relación con el ser diferenciado que queramos o no, somos cada persona, aún con lo que para muchos son deficiencias, dando lugar a ajustes en las aspiraciones y más aún en las conductas personales, alimentando la desvalorización personal en aras de la obtención de magros reconocimientos masivos que convierten los retratos que en el pasado alimentaban los buenos o malos recuerdos de eventos comunitarios, los éxitos de personajes notables como referentes a seguir y la inevitable manipulación masiva de la afectividad a través de unos pocos, en un escenario de aparente democracia en donde la insoportable levedad del selfie se convierte en el mejor medio para la pérdida de la necesidad de crecimiento interior, la consecuente búsqueda de trascendencia a través de un proceso de integración virtuosa a estructuras sociales unificadoras  y con ello se fomenta finalmente la descomposición social desintegradora y un relativismo pernicioso en cuanto a los valores fundamentales para una convivencia social armoniosa y edificante.

 

Cada uno tenemos un valor intrínseco que de manera ninguna proviene de la aprobación generalizada, ni del nivel de satisfacción de un auditorio que en primera y última instancias busca también esta aprobación en el mismo foro de individuos desconocidos entre si y respondientes a intereses muy distintos y aún contradictorios.

  

 

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